Misofonía y ruidos de vecinos: el sonido del infierno en casa

En consulta es muy frecuente escuchar frases como:
«No soporto los ruidos de mis vecinos, tengo que ir con tapones por casa»,
«Parece que lo hacen a propósito»,
«Me invade, no puedo estar tranquila en mi propia casa».

Y aunque desde fuera pueda parecer “una queja habitual”, lo cierto es que la misofonía —o la hipersensibilidad reactiva a ciertos sonidos— es un fenómeno real, estudiado e incapacitante en muchos casos, y que puede aparecer en casa en relación a los sonidos de los vecinos.

¿Qué es exactamente la misofonía?

La misofonía es una respuesta emocional y fisiológica elevada ante estímulos auditivos cotidianos: pisadas, voces, arrastre de muebles, clics repetitivos, masticación, etc.

No es “manía”, ni “exageración”. Estudios neurocientíficos han encontrado:

  • Hiperactivación de la ínsula anterior, un área implicada en la detección de amenazas y en la regulación emocional.
  • Mayor reactividad del sistema nervioso autónomo (aumento del pulso, tensión, respiración acelerada).
  • Un procesamiento auditivo “no filtrado”: el cerebro no consigue ignorar los sonidos neutros del ambiente.


Cuando aparece el sonido desencadenante, la persona suele experimentar:

  • Subida brusca de tensión interna
  • Ira, ansiedad o asco
  • Sensación de “ataque” o invasión
  • Activación fisiológica intensa (taquicardia, calor, tensión muscular)

    No es una reacción elegida. Es un reflejo neurobiológico, como si una alarma saltara sola.

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Por qué los sonidos de los vecinos son tan insoportables

Hoy en día vivimos con niveles de estrés más altos que nunca. Mucho trabajo, ruido urbano constante, saturación sensorial, hiperconexión… Eso convierte al hogar en nuestro único refugio, ese espacio donde esperamos silencio, seguridad y control. Y aquí aparece uno de los factores más importantes:

1. Sensación de invasión del espacio seguro

Cuando un sonido externo entra en casa sin permiso, el cerebro lo interpreta como:

“Alguien está entrando en mi calma”
“No puedo proteger mi espacio”

Esto dispara aún más la activación emocional.

2. Sesgo interpretativo: «Parece que lo hacen por jo**r»

Frases como “Lo hacen a posta” o “No les importa molestar”. Para las personas con misofonía es muy frecuente que aparezcan atribuciones negativas:

“Arrastran sillas a propósito”

“Podrían evitarlo si quisieran”

“No respetan que estoy en casa”

Este sesgo interpretativo es una respuesta natural cuando el sistema está activado: la mente busca una explicación para justificar la intensidad emocional. No es mala intención, es un mecanismo psicológico automático.

3. Sesgo atencional: el sonido se vuelve el único protagonista

La persona con misofonía no escucha “un ruido entre muchos”. Escucha ese ruido, amplificado, repetido, imposible de ignorar.

El cerebro dirige toda la atención hacia el sonido, igual que haría si percibiera una amenaza real. Esto mantiene el malestar y hace que otros sonidos pasen desapercibidos, creando la sensación de que solo ese ruido existe.

4. Sensación de injusticia e impotencia

“El ruido lo hacen ellos, pero el malestar lo sufro yo”.
“Yo sí cuido de no molestar, ¿por qué ellos no?”
“No puedo controlar ni poner límites”.

Estos pensamientos generan una mezcla intensa de indefensión, rabia y agotamiento mental.

5. Por supuesto: Construcciones con poca calidad acústica

La mayoría de edificios actuales presentan un aislamiento insuficiente, suelos que transmiten vibraciones, paredes que no filtran frecuencias bajas e instalaciones que amplifican golpes y arrastres.

Esto significa que NO es imaginación: los sonidos reales se cuelan más de lo que debería, y en personas sensibles —o ya sobrecargadas por estrés— pueden resultar insoportables.

Sin embargo muchas personas con misofonía se obsesionan con aislar acústicamente su casa, y en la mayoría de los casos no es una solución definitiva.

En resumen…

La misofonía no es “manía” ni “delicadeza”: es una reacción neurofisiológica real que se agrava con el estrés, la falta de descanso y la interpretación de la persona. Los sesgos interpretativos y atencionales intensifican la percepción de los sonidos —especialmente los ruidos de vecinos— generando ira, ansiedad e impotencia. Entender el mecanismo es el primer paso para recuperar la calma.

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